Sit tibi terra levis
(J.Zagalaz, Miguel A. de la Linde)

El adusto Mayordomo enciende un cigarro bajo la fina llovizna.-Hoy es un buen día para volver a fumar- piensa. Es un día gris, el cielo está cubierto por abigarradas nubes. La plaza de la iglesia está abarrotada con curiosos, periodistas y personalidades. La primera calada le ha infundido valor, pero con la segunda le ha venido un hálito a muerte, a cenizas. –Es la hora- murmura mientras arroja el pito con desprecio a un charco. La suave capa de lluvia disimula las lágrimas que caen entre los seguidores que se agolpan para despedir a su ídolo. Por la bella puerta de la iglesia gótica comienza a salir el cortejo fúnebre. En un cuadro cargado de emoción, el arco apuntado de la entrada es el marco de un lienzo blanquinegro de dolor. La viuda y el hijo del finado salen por fin. –Es lo que su padre hubiera sido de no estar enfermo, mismos ojos, misma bondad- Reflexiona el fiel sirviente. Se abre paso a empellones, su delgadez le ayuda, pasa cual anguila entre el gentío. Finalmente se planta ante madre e hijo. A ella, la ignora, a él le entrega un sobre cuyo interior alberga una memoria USB. –Su padre quería que tuviera esto- le susurra al oído. El muchacho lo toma sorprendido, para cuando alza la vista, el enjuto mensajero ya se ha perdido en la multitud.

ROTTA

DISCO 2

NOVENA